En los últimos años, se ha popularizado el uso de técnicas de “autoayuda”, “coaching motivacional” y recursos de sensacionalismo en diversos contextos, incluyendo algunas iglesias cristianas. Estas estrategias, que originalmente provienen de ámbitos seculares, buscan “activar emociones”, impactar a la audiencia y generar una respuesta inmediata de entusiasmo o compromiso. Sin embargo, cuando contrastamos estas prácticas con la enseñanza bíblica, encontramos que, según la Escritura, la fuerza de la vida cristiana proviene de la Palabra de Dios, la oración y la obra del Espíritu Santo, y no de técnicas que apelan primordialmente a la emotividad y la exaltación momentánea.
En este artículo examinaremos cómo se han incorporado estos métodos en algunas ministraciones y servicios cristianos, por qué tales enfoques pueden desviar a los creyentes de la verdad bíblica y cómo, conforme a la Escritura, la comunión con Dios y Su Palabra es suficiente para motivarnos y transformarnos a profundidad.
El sensacionalismo se caracteriza por la presentación exagerada de hechos o ideas con la finalidad de atraer la atención, mover emociones y causar un impacto inmediato. En ámbitos seculares, se ha utilizado ampliamente en medios de comunicación y en eventos de motivación masiva. Aunque puede resultar efectivo para capturar el interés de las personas en el corto plazo, corremos el riesgo de apelar más a la emotividad que a la verdad.
En algunas iglesias o ministerios, se han tomado recursos similares para hacer la predicación o la adoración “más atractiva”:
Si bien es cierto que Dios nos dio emociones y que una adoración gozosa puede incluir expresiones intensas (cantos fervientes, júbilo, acción de gracias), el problema radica cuando el énfasis se pone en el recurso humano y la exaltación de la emoción, en lugar de la obra de la Palabra y del Espíritu Santo.
La Biblia enfatiza que la Palabra de Dios es viva y eficaz (Hebreos 4:12), y es capaz de obrar en el corazón del creyente, produciendo transformación. En 2 Timoteo 3:16-17 se declara que toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda buena obra.
Cuando un ministerio se inclina más a técnicas mundanas de exaltación emocional que al fundamento bíblico, corre el riesgo de vaciar el poder transformador de la Palabra y reemplazarlo por un entretenimiento fugaz.
La enseñanza bíblica resalta la intimidad con Dios como fuente de fortaleza y dirección. Jesús mismo se apartaba para orar (Marcos 1:35; Lucas 5:16), y nos dejó el modelo de oración (Mateo 6:9-13). Es en la comunión constante con el Padre que los creyentes reciben consuelo, guía y motivación para el servicio.
Otro aspecto central en el Nuevo Testamento es la obra del Espíritu Santo. Él es quien convence de pecado (Juan 16:8), santifica (Romanos 15:16) y otorga poder para testificar de Cristo (Hechos 1:8).
Ciertas enseñanzas cristianas se llenan de “frases de éxito” y promesas terrenales con un tono exagerado. Se usan eslóganes que suenan bien, pero que carecen de sustento doctrinal profundo.
En algunos contextos, la alabanza y adoración se convierten en conciertos con producción escénica espectacular, donde la experiencia gira más alrededor del “evento” que de la búsqueda genuina de la presencia de Dios.
El testimonio cristiano es poderoso cuando exalta la gracia de Dios en la vida del creyente. Sin embargo, la tendencia al sensacionalismo puede llevar a un recuento exagerado de milagros o libertades que no siempre se ajustan a la realidad.
La oración es un mandato bíblico (1 Tesalonicenses 5:17). Jesús invitó a sus discípulos a velar y orar (Mateo 26:41). Es en la comunión constante con el Padre que el creyente recibe dirección, fuerzas y motivación para servirle.
La Biblia es “lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino” (Salmo 119:105). Nuestro llamado es a estudiarla, meditarla, memorizarla y ponerla en práctica.
“La fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” (Romanos 10:17). En los servicios e iglesias cristianas, la predicación expositiva y fiel debe ser la columna vertebral. No se trata de emocionar a la gente con historias exageradas, sino de presentar la verdad bíblica que confronta, consuela y produce fruto de arrepentimiento.
En lugar de depender del carisma personal o de técnicas humanas, los líderes deben confiar en la obra del Espíritu Santo para convencer y transformar el corazón. El poder proviene de Dios, no de nuestras estrategias, ni de un espectáculo en los púlpitos.
En un mundo cada vez más inclinado a lo sensacional y superficial, el verdadero cristianismo nos llama a volver a las Escrituras, a la oración sincera y a la dependencia del Espíritu Santo. Aunque la emotividad y la alegría genuina son parte de la vida cristiana, no debemos confundirlas con “shows” o técnicas de autoayuda camufladas en los púlpitos.
La suficiencia de la Palabra de Dios implica que, para ser motivados, transformados y usados en Su obra, no necesitamos metodologías que apelan principalmente al engaño o la exaltación momentánea de las emociones. En cambio, requerimos la autoridad divina obrando en nosotros conforme a Su verdad eterna. Si como iglesia nos enfocamos en predicar y enseñar la Palabra, orar y buscar la llenura del Espíritu, experimentaremos un crecimiento profundo y auténtica comunión, sin la dependencia de estímulos artificiales.
En definitiva, la Palabra, la oración y el Espíritu son la base de una fe sólida y auténtica. El sensacionalismo puede captar la atención momentáneamente, pero solo la verdad de Cristo edifica, guía y confronta al creyente en un servicio sincero, con reverencia a la soberanía de Dios y la centralidad de Jesucristo. Amén.
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